jueves, 3 de mayo de 2012

El central inglés sumó más de 500 partidos Premier en 20 temporadas y seis clubes que le hicieron disputar 73 partidos con la selección en tres Mundiales y tres Eurocopas. Un mito que  anunció este miércoles su retiro del fútbol, a la edad de 37 años.





El zaguero central, seleccionado 73 veces con el equipo nacional de Inglaterra, se encontraba sin equipo después de que el Newcastle le diera la carta de libertad al final de la temporada pasada, tras sufrir una lesión.

"Es difícil parar cuando has sido un deportista de alto nivel durante tanto tiempo. Tuve propuestas de un club de la Premier League y otro que acaba de ascender, pero yo estaba lesionado", declaró a la cadena de televisión SkySports.


Al este de Londres, en el barrio de Plaistow, la pelota no circulaba por las calles. Los más jóvenes se agrupaban en una pista abandonada, formaban sus equipos y aglutinaban sonrisas imaginando aquellos goles que sus ídolos marcaban por televisión. Muchos, era conscientes de que algunas de estas estrellas estaban a un par de manzanas y podrían acercarse a verles en directo si la economía familiar se lo permitía. Risas, regates, resbalones y hasta alguna que otra gafa rota entre tanto sonido de zapatilla desgastada. De repente, la pelota no tomaba recorrido, se frenaba, dejaba de ser elemento asociativo para el grupo y se convertía en instrumento unitario para él. 


Era el más fornido, el más corpulento, el más temido y, de paso, el más torpe con la pelota en los pies pero, cuando ésta pasaba a su lado, dejaba de seguir su camino. Robusto e infranqueable, los chicos siempre querían a aquél chico de origen jamaicano en su equipo, pues lo convertía de inmediato en una mole defensiva que, además, siempre estaba acompañado de alguno de sus hermanos (nada menos que doce en total). Aquellas tardes eran su única excusa para salir de la delincuencia de la barriada en solitario, pues mantener tantas bocas obligaba a sus padres a trabajar en el ferrocarril o la fábrica cercana de Ford. Y así, entre el cariño y el respeto de la chiquillería londinense, acompañado de un peculiar físico y un arquetipo poco agraciado, se gestó una relación de 20 años de profesionalidad, la de Sol Campbell y el fútbol. 


Una ruta que, tras dos décadas de máxima competitividad, 646 partidos (503 de ellos en Premier League, convirtiéndole en uno de los seis únicos que lo han logrado), 73 internacionalidades con Inglaterra, tres Mundiales y tres Eurocopas, ha tocado a su fin de manera previsible aunque no por ello menos dolorosa. Campbell, ya con 37 años, llevaba varios meses sin club desde que el Newcastle rescindiera su contrato en 2011. Ha recibido ofertas en su país, ha tenido posibilidad de aventuras en el extranjero para haberse jubilado en paraísos y hasta acumuló energías para levantar clubes inferiores en las cercanías de su barriada, pero el ya ex central perdió todo fuelle cuando hace unas semanas sufrió una lesión en el pie derecho. 


Era el momento de recordar: “Me convertí en recluso en mi propia casa. Éramos tantos y todo tan pequeño, que no había espacio ni para respirar y mis juegos con el resto de chicos, era mi única manera de expresarme. Por eso me convertí en un chico silencioso”. Esa infancia delicada experimentó en Campbell sensaciones que fueron determinantes para su vida puesto que, obligado a buscarse individualmente sus éxitos desde muy pequeño, entendió que estudiar mucho podría ser la mejor solución. Sus buenas notas y una avanzada inteligencia le facilitaron la entrada a Escuela Primaria Portway en Stratford (para chicos avanzados) y allí, tras ganar varios torneos de ping-pong, conoció al que sería durante muchos años su agente futbolístico, Andrew Sky, que lo llevó a unas pruebas con el West Ham aunque, curiosamente, lo escogieron como delantero. 


Después de un año con los niños Hammers en una demarcación completamente opuesta a la que le convertiría en mito del fútbol inglés, fichó por el Tottenham con sólo quince años y debutó en Premier a los dieciocho (en 1992). Se convertiría en intocable y capitán de los Spurs durante varios años, siendo pilar defensivo en el norte de Londres e icono de un club que tenía entre sus metas anuales ganar los partidos ante su gran enemigo, el Arsenal. Por ello, cuando tras una serie de polémicas, Sol Campbell acabó fichando por los Gunners. En el enemigo ganó la Premier League y FA Cup en esa primera campaña, siendo clave en el título de aquella generación conocida como ‘los invencibles’ ya que ganaron sin perder ni un solo encuentro. Meses después, cayó derrotado en la final de la Champions League ante el Barcelona pese a que fue él quien había adelantado a los de Wenger en el que, a posteriori, reconocería como gol más especial de su carrera (por encima del que marcó a Suecia en el Mundial 2002). 


Cuando salió del entonces vetusto Highbury, empezó su trayectoria hacia el definitivo adiós. Disputó casi 100 partidos en el Portsmouth, armó una polémica sin igual al firmar por el modesto Notts County y apenas jugar un partido tras difamar contra quienes lo había contratado y hasta se permitió el lujo de, medio retirado, encontrar huecos en el Arsenal y Newcastle hace unas campañas aunque con protagonismo nulo. "He disfrutado cada minuto, cada segundo, así que ha sido increíble para mí. Cuando empiezas a jugar no piensas realmente en cuántos partidos vas a tener por delante o cuántos goles vas a marcar, lo que deseas es jugar al fútbol y yo me he pasado mi vida haciendo lo que más me gustaba. ¿Por qué estar triste?"... 

Si le añadimos una aparición momentánea en ‘Snacht’ (gran película de Guy Ritchie), la creación de varias asociaciones solidarias para ayudar a los chicos del barrio de Plaistow donde creció y hasta miles de euros que ha decidido ‘perdonar’ al Portsmouth tras el descenso crítico del club sureño, está claro que aquél chico imponente tenía músculo y fuerza pero el corazón sólo quería una cosa, disfrutar del fútbol. Su disfrute eterno. El combustible para su armadura. 



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