Un día como hoy, hace exactamente una década, Zinedine
Zidane anotaba con la camiseta del Real Madrid uno de los goles más famosos en
la historia de la Champions League y del fútbol mundial.
Se cumplen diez años del mayor bombazo futbolístico de Zinedine
Zidane, ejecutado aun después de haber guiado al Juventus a dos Scudettos consecutivos,
haber deslumbrado con laVecchia Signora frente a River Plate en la Copa
Intercontinental, haber protagonizado una de las mejores actuaciones en una
final de la Copa Mundial de la FIFA™ (liderando la contundente victoria de
Francia sobre Brasil en 1998), y haber ayudado a los Bleus a
imponerse en la Eurocopa 2000.
Curiosamente, no obstante, la asombrosa colección de trofeos del cerebro galo,
que entonces tenía 29 años, no incluía todavía ninguna Liga de Campeones de la
UEFA; pese a haber acariciado el título en dos ocasiones. Zidane, en efecto,
había decepcionado en la final de 1997, donde la Juve cayó por 3-1
ante el Borussia Dortmund, al igual que 12 meses más tarde, con derrota por 1-0
frente al Real Madrid.
Aquel 15 de mayo de 2002, el jugador nacido en Marsella confiaba en que a la
tercera iría la vencida. Esta vez defendía la camiseta blanca del club español,
en vez de enfrentarse a él. En el camino del equipo de Vicente del Bosque se
interponía un Bayer Leverkusen que contaba en sus filas con Lucio, Bernd
Schneider, Yildiray Basturk, Oliver Neuville y Michael Ballack, y que había
eliminado al Liverpool y al Manchester United para alcanzar la final.
El escenario era el Hampden Park de Glasgow, el mismo estadio que presenció en
1960 la victoria madridista por 7-3 sobre el Eintracht Fráncfort, en una final
considerada mayoritariamente como la más fascinante en la historia de la
competición. Y cuando sólo se llevaban 8 minutos de juego, la posibilidad de
vivir otra goleada merengue parecía tomar cuerpo. Apenas en campo del
Bayer Leverkusen, Roberto Carlos sorprendió con un saque de banda
larguísimo hacia la internada de Raúl, que había ganado la espalda a la defensa
y, tras entrar en el área, batió a Hans-Jorg Butt con un zurdazo cruzado al
primer toque.
Sin embargo, no iba a ser un partido de abrumador dominio madridista. De hecho,
sólo habían transcurrido otros cinco minutos cuando Lucio se escapó
de la vigilancia de Fernando Hierro en un libre indirecto sacado por Schneider
y, de cabeza, estableció el 1-1. Y más tarde, después de que Luis Figo acusase
unas molestias que, a la postre, le obligaron a dejar el campo al cuarto de
hora de la reanudación, y de que Raúl y Fernando Morientes apenas lograsen inquietar
a la pareja de centrales del Bayer, Boris Zivkovic y Lucio, el cuadro
germano arrebató la manija del encuentro a su ilustre rival y obligó al guardameta
César (y a su sustituto en el minuto 68, Iker Casillas) a realizar varios
paradones.
A pesar de algunos toques impecables y regates imposibles a cargo de Zidane, al
Madrid le costaba horrores crear ocasiones, pero tuvo la suerte de fabricar el
tercer y último gol del encuentro a partir de una oportunidad a priori
inexistente (al menos, para cualquiera que no fuese su incomparable número
5).
Al filo del descanso, Roberto Carlos se apoyó en Santiago Solari y
corrió por la banda para recibir la devolución del argentino. El veloz
carrilero brasileño llegó al esférico unos centímetros antes que Schneider y,
presionado por su marcador, colgó un envío muy alto hacia Zidane, que acababa
de pisar el área contraria. Dada la considerable altura y el complicado ángulo
al que le caía el balón (casi atrás y a su ‘pierna mala’), se antojaba que Zizou necesitaría
de un pequeño milagro para inquietar siquiera a Butt. Pero el francés se sacó
de la manga una auténtica obra maestra. Así, Zidane arqueó su espalda, echó
hacia atrás su zurda y, haciendo gala de una técnica extraordinaria, ejecutó
una volea que se coló como una exhalación por la escuadra y proclamó campeón de
Europa al Real Madrid por novena vez.
“Mi equipo ha jugado hoy como un campeón”, destacaba el entonces técnico del
Bayer Leverkusen, Klaus Toppmoller. “Pero nos ha tumbado una de las
genialidades más extraordinarias en la historia del fútbol”. Steve
McManaman, que ese día jugó de suplente con el Madrid, añadió: “No sé si
cualquier otro jugador de cualquier otra época podría haberlo marcado; ha sido
pura magia”. El actual presidente madridista, Florentino Pérez, fue más allá,
al afirmar recientemente: “Aquel gol de Glasgow es el mejor en la historia de
la Copa de Europa”.






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