lunes, 14 de noviembre de 2011


Por Walter Vargas
En Olé


La ética de los corredores de autos es la ética del guerrero: asumir los riesgos y atenerse a las consecuencias. Así funciona el abecé de los cultores de los deportes extremos en particular y en general de todas las actividades que se ejecutan de forma voluntaria. “Esto es lo que nos gusta”, había declarado Guido Falaschi 24 horas antes de lo que hoy sume en el dolor a su familia y tiñe de luto al deporte argentino. Con Guido Falaschi, El Principito de Las Parejas, se va un tuerca desde la cuna, un muchacho de ilusiones, talento y coraje considerables (según coinciden los especialistas) que de los autos de competición hizo su norte y su bandera. Su modo de vivir y, qué golpe, qué triste, qué pena, ¡22 años!, su modo de morir.




Pero respetar la soberanía de un horizonte existencial y reponer sus peligros latentes no quiere decir que dé todo lo mismo. Hasta el más despistado piloto de Turismo Carretera está advertido de que la tragedia amenaza en cada curva pero ninguno sube al auto con el propósito de inmolarse. Suben para ganar la carrera o en el peor de los casos para llegar antes de todos los que puedan. A eso suben.
Las acusaciones de Gabriel Furlan son graves en sí mismas y doblemente graves por venir de quien vienen: de un experimentado baqueano del automovilismo. Urge, por añadidura, que se haga una investigación minuciosa y profunda, circunscribir los límites entre lo accidental y lo evitable. Establecer, a ciencia cierta, hasta dónde gravitó la cruel mano del destino y hasta dónde la punible mano de los responsables con nombre y apellido. Y eso, porque es lo que corresponde, por la memoria de Guido Falaschi y en elemental tributo a quienes hoy lo lloran.

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